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Hombres, hablemos de violencia machista

25 noviembre, 2014

(Autor Pablo Padilla (*), publicada en cuartopoder.es)

Que la violencia de género, cuyo máximo exponente son las 44 asesinadas a manos de sus (ex) parejas en lo que va de año, según los registros oficiales, sólo suponga un problema grave para el 0.5% de la población pone de manifiesto que este país está enfermo de machismo. Hoy, 25 de noviembre, se celebra el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en conmemoración del asesinato, en 1960, de las tres hermanas Mirabal a manos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

Cuando hablamos de violencia contra las mujeres irremediablemente nos vienen a la cabeza los asesinatos que conforman el feminicidio que se da, con mayor o menor intensidad, a lo largo y ancho del globo. Sin embargo, nos enfrentamos a un fenómeno más complejo, sutil y capilar. En la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, se define “violencia contra la mujer” como “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada.”

El riesgo de situar la violencia contra las mujeres únicamente en los asesinatos y las palizas reside en generar una idea en el imaginario colectivo de que esta violencia es puntual, anecdótica y llevada a cabo por varones desequilibrados que abusan de ciertas sustancias, o reducirlo a un grupo de edad, clase social o nivel cultural concreto. Esta creencia, además de simplista, no aborda el problema de fondo. Sin embargo, si concebimos la violencia contra las mujeres como una serie de comportamientos y actitudes que van desde el asesinato a la objetualización, pasando por el acoso callejero, la invisibilización en el espacio público, las desigualdades laborales o la atribución de supuestas capacidades innatas o naturales a cada sexo, la cosa cambia.

Hace poco me di cuenta, (porque me lo dijeron) de que como varón, blanco y heterosexual me han inculcado la extraña idea de que tengo que expresar mi opinión sobre cualquier tema, y en ocasiones me veo hablando u opinando de asuntos sobre los que mi ignorancia es supina. Pese a ello, la violencia contra las mujeres no parece ser un tema que nos suscite, a los hombres, esta imperiosa necesidad de opinar, recordar permanentemente nuestra postura o incluso dictar sentencia, salvo para marcar distancias con “esos hombres” que sí son agresores frente a nosotros, “esos hombres” que no lo somos.

La gravedad de la violencia contra las mujeres exige que además de no reproducir los comportamientos y actitudes citados anteriormente, los hombres, los que nos decimos feministas y los que no, adoptemos una posición activa. No mirar a otro lado cuando somos testigos de un acto de violencia contra una mujer, ya venga a manos de un amigo, un familiar o un desconocido. No naturalizar comportamientos que redundan en la idea de que las mujeres existen para satisfacer nuestros deseos y agradar nuestros sentidos. No reír las gracias de quienes utilizan esta lacra para, incomprensiblemente, ganarse nuestra simpatía. Y especialmente, cuestionar nuestra masculinidad y los privilegios que a ella vienen adscritos.

No es agradable verse como un sujeto agresor, pero como hombre en ocasiones soy partícipe de estas violencias. Quizá no de las más evidentes pero sí de aquellas que, por normalizadas, generan el caldo de cultivo imprescindible para mantener un sistema de violencia estructural (y no precisamente de la que habla Gallardón) contra las mujeres.

La relación de nuestra masculinidad, es decir, cómo hemos sido socializados como hombres, y la violencia contra las mujeres es innegable. La violencia se deriva de los privilegios que, como hombres, disfrutamos en nuestra sociedad. Aunque a veces resulta doloroso -nunca tanto como el dolor que se provoca-, es imprescindible que los hombres seamos conscientes de que nuestra posición en el mundo se sostiene sobre unos privilegios que debemos cuestionar y eliminar si queremos unas vidas libres de violencias machistas.

En este sentido queda mucho por hacer. A nivel individual, tenemos que revisar en qué situaciones nos aprovechamos de estos privilegios y nos aferramos a un modelo de masculinidad que, per se, genera violencia. A nivel colectivo requiere que los hombres nos repensemos juntos, nuestras relaciones y nuestra incapacidad de gestionar nuestros sentimientos y mostrar debilidad. Y a nivel institucional, por ejemplo, las campañas para prevenir la violencia machista podrían dejar de interpelar únicamente a las mujeres diciéndoles cómo deben vestir, con quién deben follar o cómo deben comportarse, y deberían enseñarnos a los hombres a cuidar, a no violar, a no acosar a las mujeres en la calle o en el metro, a no entender nuestras relaciones como una cuestión de propiedades…

No consiste en ver quién es más o menos feminista, ni quién es capaz de deconstruirse más o menos. Se trata de apostar decidida y radicalmente por una sociedad democrática en la que todas las personas tengamos los mismos derechos. Porque, como he aprendido de la persona que más me ha enseñado sobre este asunto, el feminismo es una cuestión de justicia.

(*) Pablo Padilla es miembro de Juventud SIN Futuro y la Oficina Precaria
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